jueves, 14 de noviembre de 2013

El macaco de Gibraltar, un primate mediterráneo



Tal como lo comentaba en un artículo dedicado al cedro del Atlas, la última glaciación fue letal para muchas especies de plantas y de animales que poblaban el continente europeo. Al efecto de esa última y durísima glaciación se unió, durante los últimos milenios, el impacto del hombre, que aniquiló a muchas especies que vieron truncadas su expansión post-glacial, impidiendo que se repita el mismo esquema que prevaleció en los últimos períodos interglaciares, durante los que una fauna diversa llegó a colonizar el continente europeo. De no haber sido por el hombre, tal vez hubiese hoy en Europa leones y leopardos (estaban presentes en Grecia en la Antigüedad), que se dedicarían probablemente a cazar uros, bisontes y caballos…

Al evocar las faunas prehistóricas de nuestro continente, a todos nos vienen en mente las pinturas rupestres de mamuts y de rinocerontes, de bisontes y de caballos, de toda una megafauna espectacular que nuestros antepasados cazaban y que muchos quisiéramos volver a ver desempeñar un papel de primer plano en los ecosistemas de nuestro continente, tan uniformes y tan pobres comparados con los de otras regiones templadas. Al hacerlo generalmente nos olvidamos de una especie que, sin embargo, aún vive muy cerca de nosotros y que es a veces noticia por el tráfico al que es sometida. Una especie típicamente mediterránea que fue introducida en el Peñón de Gibraltar hace siglos y que se ha convertido en todo un símbolo de aquél pedacito de tierra ibérico tan genuinamente británico. En efecto, me refiero al famoso macaco de Gibraltar (Macaca sylvanus), una especie que hoy en día tan solo vive naturalmente en las zonas boscosas del Magreb.

Le pasa a ese macaco algo muy parecido que al cedro del Atlas, en cuyos bosques viven sus mejores poblaciones: su área de repartición actual es residual, habiendo tenido antes de la última glaciación un área de repartición mucho más extensa. Tal como lo demuestra el mapa que copio a continuación, esa especie ocupaba en el Pleistoceno un área de repartición típicamente mediterránea, extendiéndose hacia el norte hasta Alemania e Inglaterra.



El macaco de Gibraltar es una especie fundamentalmente vegetariana, alimentándose en el norte de África de una multitud de especies de plantas diferentes. Se alimentan sobre todo de hojas, de semillas y de frutos, pero su dieta también incluye raíces, bulbos, yemas, caracoles, insectos, etc. Si bien las poblaciones más importantes de macacos están actualmente asentadas en los bosques de cedros del Atlas, también viven en bosques de Quercus decíduos y perennifolios y en zonas rocosas herborizadas. Todos los ecosistemas en los que viven están sometidos a un clima de tipo mediterráneo. La actual "preferencia" del macaco por los bosques de cedro parece más bien circunstancial, fruto de una menor disponibilidad de hábitats en otros tipos de bosques.

Sabiendo que esta especie sufre graves peligros en el Norte de África, no parecería descabellado imaginar el asentamiento de pequeñas poblaciones en la Península Ibérica, cuyos ecosistemas presentan grandes similitudes con los de las zonas en las que están asentadas las poblaciones de macacos del norte de África. Existen varios parques en Europa en los que esos macacos viven prácticamente en estado silvestre y esas experiencias demuestran claramente que esa especie podría ser una de las más firmes candidatas a ser "reintroducida" en nuestros ecosistemas.




La Forêt des Singes – Rocamadour (Francia) - http://www.la-foret-des-singes.com/
La Montagne des Singes – Kintzheim (Francia) - http://www.montagnedessinges.com/
Affenberg Salem – Salem (Alemania) – http://www.affenberg-salem.de/en/

lunes, 12 de agosto de 2013

Secuoyas en la Sierra de Guadarrama

Hace unos años, buscando información acerca de las secuoyas cultivadas en España, encontré en internet una nota breve publicada en 2002 en los Anales del Jardín Botánico de Madrid en la que sus autores señalaban la presencia de diferentes coníferas exóticas subespontáneas en el pinar de pino albar (Pinus sylvestris), en la vertiente Norte del puerto de Guadarrama. Me llamó sobre todo la atención que una de esas especies sea una especie tan emblemática como la secuoya (Sequoiadendron giganteum), cultivada desde hace muchísimos años en nuestro país, y aparentemente sin que nadie se hubiese hecho eco de esa noticia.



Siempre me ha llamado muchísimo la atención el predominio absoluto del pino albar en la sierra de Guadarrama, que muchas personas explican, simplemente, por la acción del hombre. Los estudios palinológicos, sin embargo, demuestran que el pino albar fue la especie que colonizó esta sierra (y muchísimas otras en la península) cuando las condiciones climáticas mejoraron tras el último episodio glaciar. O sea, para decirlo de una manera más entendible: los pinos siempre han estado aquí y su presencia es absolutamente natural. La verdadera pregunta que cabría hacerse constatando la naturalización de estas especies es más bien la siguiente: ¿ porqué no crecen otras especies de árboles en la sierra de Guadarrama ?




        

Cono femenino de un abeto de Douglas (Pseudotsuga menziesii), fotografiado en la región del Puerto de Canencia (Madrid). Joven y vigoroso ejemplar de secuoya (Sequoiadendron giganteum) en el Puerto de Cotos (Madrid), donde parece evidente que encuentra unas óptimas condiciones para su desarrollo.




Hace un par de años tuve la oportunidad de pasearme por la zona del puerto de Canencia, donde además de ver unos cuantos tejos y abedules también pude ver unos sorprendentes abetos de Lawson (Pseudotsuga menziezii). Su presencia es el fruto de pequeños experimentos que se llevaron a cabo en su día, cuya idoneidad no voy a discutir aquí. El caso es que estos abetos prosperaron, a pesar de que las condiciones no sean las ideales para ellos, demostrando que sí es posible que otras especies crezcan en muchos lugares del Sistema Central. Este abeto, obviamente, es una especie exótica (norteamericana) que nunca hubiese llegado a esta sierra por sí sola, pero la misma pregunta se podría hacer uno acerca de algunas especies "indígenas". Una de las más emblemáticas es el haya (Fagus sylvatica). Se suele considerar el hayedo de Montejo (Madrid) - el más meridional de la Península - como una reliquia de tiempos mejores en los que esa especie hubiese tenido una mayor extensión. Parece, sin embargo, que eso no fue así...

Los estudios palinológicos llevados a cabo en distintos lugares de la Península Ibérica demuestran claramente que en el centro de la Península, el haya es un recién llegado. Llegó aquí hace unos 3700 años, cuando el hombre ya había empezado a interferir muy sensiblemente en los ecosistemas. Puede que en vez de una reliquia, este hayedo sea más bien el último punto que pudo alcanzar esta especie en nuestra sierra. La desforestación y el pastoreo cortaron de raíz cualquier posibilidad de seguir avanzando. La buena salud de las hayas plantadas en el siglo XIX por la Escuela de Montes en las faldas del Monte Abantos (El Escorial) demuestra claramente que esa especie tenía aún cierto margen para expandirse (aunque, con la subida de las temperaturas en este principio de siglo XXI, las cosas ya no estén tan claras). La respuesta a la pregunta que me hacía es, pues, bastante evidente: no crecen otras especies de árboles (además del pino) porque nunca llegaron aquí !

Volviendo a las secuoyas, es evidente que su presencia también es el fruto de un experimento llevado a cabo por algún ingeniero de montes que debía, sin embargo, tener un muy buen instinto de naturalista, ya que todas las especies que plantó en aquél lugar llegaron a naturalizarse. Según la nota, algunas secuoyas alcanzaban ya el tamaño de los pinos cuando ésta se escribió. A muchos naturalistas la presencia de especies exóticas, sean cuales sean, les parece una abominación. A mí, personalmente, no me horroriza tanto la noticia de la naturalización de la secuoya en la sierra de Guadarrama. Es más, me parece una excelente noticia para una especie amenazada y estrictamente protegida en su área de repartición natural. Un área relictual, ya que en un pasado no muy lejano (en la escala geológica) las secuoyas estuvieron presentes en muchos puntos del Hemisferio Norte, incluida la Península Ibérica. En cualquier caso, lo que me parece más destacable de esta noticia y que ni los propios autores señalan es que la sierra de Guadarrama es el único lugar del mundo en el que podría haberse naturalizado esta especie.

Tan solo me faltaba, pues, acercarme al lugar para ver si las secuoyas a las que se refiere la nota seguían existiendo pero, sin demasiadas indicaciones del lugar en que se encontraban (la nota no es muy precisa al respecto), he de admitir que siempre me dio bastante pereza emprender lo que para mí es toda una expedición (no conduzco y cualquier excursión por la sierra supone horas de tren y de caminata). Todo cambió, sin embargo, la pasada primavera cuando descubrí que se podía recorrer la N-VI en el StreetView de Google, donde me llamó inmediatamente la atención el siguiente arbolito:





Aunque tan solo se trata de un árbol aislado, estaba claro que no debía andar muy lejos del lugar que se describe en la nota. Me puse entonces a buscar por esta zona y, no muy lejos de allí, me llamó la atención el perfil cónico de unos árboles que despuntaban entre los pinos. Aquí podéis verlos, en una fotografía tomada desde la misma carretera:





El lugar se encuentra cerca del mal llamado “Alto del León” (en realidad su verdadero nombre es “Puerto de Guadarrama”), en la vertiente segoviana de la Sierra de Guadarrama, en una pequeña hondonada del terreno donde encuentran las secuoyas frescor y humedad. Aquí tenéis un pequeño mapa mostrando su ubicación:

 



Quien visite el lugar pensando que se va a encontrar con 4 arbolitos se llevará una gran sorpresa. Hay secuoyas para aburrir. No me dediqué a contarlas (perdí la cuenta al poco tiempo) pero son no menos de 60 las que se pueden ver en este lugar. Ignoro si se habrán plantado más secuoyas en otros lugares de la vertiente norte de esta sierra. Lo que está claro, sin embargo, a la vista de lo que se puede observar aquí, es que las secuoyas encuentran en la vertiente norte de la Sierra de Guadarrama unas óptimas condiciones para su desarrollo. Aún no son muy grandes (son apenas más grandes que los pinos que las rodean) pero algunas ya son bastante impresionantes. Medí con mis brazos la circunferencia del tronco de una de ellas y fácilmente debía tener 3 metros de circunferencia a 1,5 m del suelo.

Llama mucho la atención, en todo caso, la perfecta integración de las secuoyas en el lugar. Tienen un tamaño similar al de los pinos (por ahora) y su tronco presenta unos tonos rojizos muy acordes con los de los pinos. Realmente, quien no se fije en su follaje puede hasta que no las vea. El lugar, desde luego, no presenta el carácter “artificial” y “estéril” que muchos podrían esperar en una "plantación" de árboles exóticos. Las actuaciones de nuestras autoridades a la hora de reforestar no han sido siempre muy afortunadas pero en este caso he de admitir que se hizo con bastante sensatez y escogiendo muy bien el lugar. De hecho, me llamó muchísimo la atención este cartel, plantado al pie de una secoya:

 



Las secuoyas de Las Hondillas ( así se llama el lugar) parecen haber sido plantadas al mismo tiempo que los pinos y las más grandes de ellas tienen un tamaño bastante uniforme, que estimo entre 15 y 20 metros de altura. Son las que se pueden observar desde la carretera nacional, sobresaliendo entre la copa de los pinos. Se pueden observar, en otras zonas, unas secuoyas algo menores pero su tamaño y edad parece corresponderse con la de los pinos. Mucho más interesante, sin embargo, resulta la presencia de pequeños árboles (entre 2 y 6 metros de altura) en el sotobosque del pinar. Estos individuos mucho más jóvenes parecen en efecto fruto de una regeneración natural de las secuoyas. No parece probable que hayan sido plantadas tantas décadas después de haberse procedido a la reforestación del lugar. No se aprecia, en todo caso, ninguna señal de que el suelo del pinar haya sido removido para plantar esas jóvenes secuoyas. No he observado ejemplares aún más jóvenes, cosa que hubiese confirmado definitivamente la regeneración natural de las secuoyas, pero tampoco he observado, en el mismo lugar, ningún joven ejemplar de pino albar. Puede que actualmente no se den las condiciones para su regeneración (ambas especies son especies “colonizadoras”). Pero creo que influye sobre todo mucho el hecho de que toda esta zona sea una zona de ganadería extensiva, vagando libremente las vacas en el pinar. De todos modos, tendré que volver a este lugar en primavera para ver si observo la germinación de alguna semilla. Eso cerraría definitivamente el debate del carácter espontáneo de las secuoyas en la sierra de Guadarrama. De momento, sin embargo, parece muy probable vista la presencia de árboles mucho más jóvenes en el sotobosque del pinar.

 

    




Mario Sanz Elorza, Eduardo Sobrino Vesperinas, José Ferrando Pla (2002) / Sobre el carácter subespontáneo de algunas coníferas exóticas en la vertiente norte de la sierra de Guadarrama (Segovia) / Anales del Jardín Botánico de Madrid, Vol. 59(2), pp. 336-338



domingo, 21 de abril de 2013

Ecosistemas huérfanos



En este pequeño artículo, me voy a parar a pensar en algo que muchas veces no valoramos cuando contemplamos nuestros paisajes. Al pasearse por algún bosque frondoso uno tiende a pensar que así debía de ser nuestra naturaleza antes de que el hombre influyera en ella. Así nació la leyenda de la ardilla que, dícese, en la Antiguedad podía cruzar la Península Ibérica de punta a punta sin pisar el suelo. Quien hizo esa afirmación probablemente no tuvo en cuenta algo muy importante: la existencia en un pasado no tan lejano de toda una megafauna que debió tener sobre los ecosistemas un impacto mucho mayor de lo que pudiéramos pensar. Basta comparar una postal de cualquier paisaje europeo con la de cualquier paisaje africano para darse cuenta de que aquí en Europa algo no cuadra... No solemos valorarlo por una razón muy sencilla: en muchos lugares dicha megafauna hace tiempo que ya no existe y ni tan siquiera somos conscientes de su ausencia.

El cortejo de las nitrófilas

Siempre me ha sorprendido muchísimo la importante cantidad de plantas nitrófilas y arvenses que componen nuestra flora. Plantas autóctonas muy ligadas a la actividad humana y que resulta difícil imaginar en un mundo en el que no existiera la agricultura y la ganadería. Es evidente, sin embargo, que todas ellas existían antes de que la revolución neolítica alterara durablemente nuestros paísajes. Si damos por cierta la leyenda de la ardilla, resulta entonces realmente muy difícil entender el origen de esas plantas. ¿ Son todas ellas plantas exóticas llegadas con los primeros agricultores y ganaderos ? La respuesta es evidente: en realidad esas plantas siempre estuvieron presentes y estaban ligadas a la presencia de la megafauna. Basta pensar cómo un elefante es capaz de abrir, en muy poco tiempo, auténticos claros en la sabana para entender cómo la megafauna pudo propiciar la extensiòn de esas especies.





La bolsa de pastor es un buen ejemplo de planta cuya distribución actual está muy influenciada por las actividades humanas. Fotografía: Adrián Rodríguez / Licencia:  Dominio Público



La limpieza del bosque

Con las abundantes lluvias de esta primavera y el prolífico desarrollo de las plantas que eso conlleva, puede que un año más nos enfrentemos al gran peligro que acecha nuestros bosques cada verano: los incendios. Y volverán las preguntas y las afirmaciones de siempre... En tiempos de crisis, se alzarán de nuevo voces pidiendo la creación de brigadas de limpieza del bosque y señalando el "abandono" del campo como la principal causa de los incendios. Esa afirmación no carece de fundamento aunque, la verdad sea dicha, es el fuego un actor fundamental en el desarrollo y la modelación de los ecosistemas mediterráneos. Basta pensar, para convencerse de ello, en las adpataciones al fuego que muchísimas plantas han desarrollado. Desde el alcornoque, capaz de resistir al fuego gracias a la espesa capa de corcho que recubre su tronco, a los pinos, cuya germinación se ve favorecida por el fuego, sobran los ejemplos de plantas que se ven beneficiadas por los incendios. De hecho, la biodiversidad aumenta notablemente en las zonas incendiadas, únicas en las que los mismos pinos quemados vuelven a germinar. Pero volviendo a nuestro punto de inicio, es cierto que bosques aclarados, como las dehesas, no son tan propensos a incendiarse. Alguien propuso, en algún momento, la suelta de burros en los bosques para que ramoneen los arbustos. Esa idea, en realidad, no difiere mucho de la que han propuesto algunos científicos, que abogan por la reintroducción de las faunas diezmadas durante el Cuaternario en zonas en las que han desaparecido.

Rewilding

A la reintroducción en los ecosistemas huérfanos del Hemisferio Norte de las especies desaparecidas o de sus equivalentes actuales más cercanos se la ha denominado rewilding. De momento, tales proyectos son aún embrionarios y pretenden, sobre todo,  evaluar el impacto que pudiera tener la reintroducción de dichas especies. En la Península Ibérica, proyectos que van en esa dirección ya se han llevado a cabo en algunos lugares. El más emblemático y mediatizado de ellos ha sido, probablemente, la creación de la reserva de bisontes de San Cebriá de Mudá, en la provincia de Palencia, que podría ser un primer paso hacia su reintroducción en el Sistema Cantábrico. El impacto de esas reintroducciones sería, con toda seguridad, muy positiva para el ecosistema, siempre y cuando, claro está, se respeten los equilibrios naturales. De nada serviría repoblar todo el norte de la Península con bisontes si no permitimos, al mismo tiempo, que sus potenciales depredadores controlen el desarrollo de sus poblaciones.





Bisonte europeo fotografiado en la reserva de bisontes de San Cebrián de Mudá (Palencia). Fotografía: Javier Alvarez Cobb / Licencia: Creative Commons



Los auténticos "gestionarios" de la fauna

Existe en este país y en muchos otros una tradición arraigada desde tiempos remotos que, sin embargo, ha perdido en gran medida toda justificación: la caza. En las sociedades paleolíticas, la caza era una actividad fundamental, dependiendo en gran medida la supervivencia del grupo de ese aporte de carne sin el que nuestra especie sin duda nunca se hubiese convertido en lo que es. Puede parecer que el impacto de esos cazadores-recolectores sobre los ecosistemas fue escasa o nula pero lo cierto es que parece cada día más evidente que esos eficientes cazadores tuvieron mucho que ver en la desaparición de muchas especies de animales cuya reciente extinción difícilmente se explica por otras causas. Hoy en día, la caza es fundamentalmente una actividad lúdica practicada por urbanitas que se intenta, sin embargo, disfrazar como una necesidad. Los defensores de la caza pretenden, en efecto, que su actividad permite ejercer un control sobre el desarrollo de los herbívoros, que arrasarían con nuestros más valiosos ecosistemas si no los controláramos. O sea, que según ellos son una necesidad. Es olvidar, sin embargo, que ese control de la fauna lo ejercen naturalmente los depredadores que, colmo de la hipocresía, fueron y siguen siendo aniquilados por esos mismos cazadores. Es más que evidente que el actual sistema de gestión de la fauna está basado en una gran mentira: la de la necesidad de la caza. Si dejáramos que los depredadores desempeñen su papel de reguladores de las poblaciones de herbívoros, la caza sería prácticamente innecesaria.





El leopardo tiene una amplísima área de distribución que incluía antiguamente al continente europeo. Su reintroducción en la Península Ibérica no sería, pues, una idea totalmente descabellada. Fotografía: Tambako The Jaguar / Licencia: Creative Commons



Los precedentes del arruí y del muflón

La viabilidad de tales proyectos viene avalada por el éxito de algunos proyectos antiguos, que se llevaron a cabo con una finalidad bien diferente (caza). En el siglo XX se introdujeron en nuestro país dos especies "exóticas" como el muflón y el arruí que no solo se adaptaron perfectamente, sino que prosperaron y llegaron a ampliar su área de distribución. Que yo sepa, su presencia no ha resultado dañina para el medio ambiente y no ha perjudicado a las demás especies de ungulados. Y quien sabe, tal vez hayan contribuido a que las regiones en las que viven no sean pasto de las llamas con tanta frecuencia. Pero que yo sepa, eso no ha sido estudiado hasta ahora (además de ser algo difícil de poner en evidencia). Ambas especies (o especies muy próximas) formaron parte de nuestra fauna durante el Quaternario. Su introducción no carece, por lo tanto, de cierta lógica.





Amenazado de desaparición en las regiones del Norte de África de las que es originario, el arruí ha encontrado en el SE de España un segundo hogar. Su expansión en la Península debería lógicamente verse favorecida por el calentamiento global, siendo el arruí el ungulado mejor adaptado a las condiciones de aridez que prevalecerán en el futuro. Fotografía: Gregory Moine / Licencia: Creative Commons



No sé si tales proyectos de rewilding se llevarán a cabo hasta sus últimas consecuencias. Dudo mucho, en efecto, que sea posible reintroducir en la Península Ibérica especies como la hiena, el león, el leopardo o... el elefante ! Pero no cuesta nada soñar. Si el tema os interesa, os invito a visitar este interesantísimo blog:

EL TIEMPO QUE OLVIDAMOS