martes, 21 de agosto de 2012

Neobosques




Vivo en un barrio de Madrid –Moratalaz– en cuyo límite septentrional se extiende un descampado que, hasta hace muy pocos años, estaba totalmente dejado de la mano de Dios. Un lugar poblado por hierbas salvajes que la maleza iba poco a poco invadiendo. Un pedacito de naturaleza en el que me gustaba mucho pasear y dejarme sorprender por todo lo que veía. Desgraciadamente, el ayuntamiento decidió “adecentar” el lugar y transformarlo en parque, convirtiéndolo en un auténtico desierto. Los jardineros se pasan ahora toda la primavera cortando la hierba a ras del suelo con esas maquinitas infernales que te ponen de los nervios y el resultado es realmente desalentador. Los densos herbazales rebosantes de vida han desaparecido y el suelo arenoso del lugar ahora aflora por doquier, peligrosamente expuesto a la erosión. No sé quien decidió cargarse este pequeño paraíso. Le felicito desde aquí por su clarividencia...

Afortunadamente, aún quedan algunos tramos de este descampado en el que es posible observar la dinámica natural de la vegetación y lo que más llama la atención es la progresiva colonización del mismo por dos árboles muy frecuentes en la región madrileña: el ailanto (Ailanthus altissima) y el olmo de Siberia (Ulmus pumila). Progresivamente se está formando en este lugar un pequeño bosque que, evidentemente, nada tiene que ver con la vegetación “natural” del lugar (el ailanto y el olmo de Siberia son dos árboles exóticos, originarios de Asia). Tomo prestado de la siguiente página web el término “neobosque”, que me parece realmente muy bueno para describirlo, y os invito a visitarla para haceros una pequeña idea de las plantas que se pueden ver en ese descampado:

http://javiergrijalbo.blogspot.com.es/2012/05/descampado-cuna-de-odonnell-moratalaz.html

La presencia de estos árboles exóticos en los descampados de la capital (me supongo que en otras ciudades ocurrirá algo parecido) me incita a reflexionar sobre un tema bastante delicado, que quisiera tratar desde una perspectiva menos fixista de lo que se suele hacer habitualmente: el de las “invasiones” biológicas. El propio término refleja ya cual es la postura de una gran mayoría de los naturalistas al respecto. Se suelen ver esas especies como un peligro y en las descripciones de las plantas invasoras que se han publicado estos últimos años se insiste mucho en las características que pueden conferir a estas especies una ventaja competitiva sobre la flora autóctona. ¿ Explican por sí solas esas ventajas el éxito que conocen algunas de ellas ? Estoy convencido que no es siempre el caso y el ejemplo de estos “neobosques” de ailantos y de olmos me parece un buen punto de partida para iniciar una pequeña reflexión.



    
Inflorescencia masculina del ailanto (Ailanthus altissima), especie entomófila. Inflorescencia del olmo (Ulmus pumila), especie anemófila.



Muchos de los descampados que rodean la capital deben su condición al hecho de haber sido antiguamente vertederos en los que se arrojaron las ruinas de la guerra civil y los restos de los edificios demolidos durante la más reciente modernización de la ciudad. Terrenos yermos que han sido engullidos por el crecimiento desmesurado de la capital y que se han intentado aprovechar en algunos lugares transformándolos en parques. La posibilidad de ver alguna especie de árbol autóctona colonizar espontáneamente estos espacios parece más bien remota. El éxito de estas dos especies se debe tanto a su gran poder de diseminación (estamos hablando de dos especies que producen una cantidad impresionante de semillas) como a su poca exigencia, que les permite establecerse sobre este tipo de terrenos. Personalmente, ver árboles crecer donde antes no había absolutamente nada me alegra un montón. Sin embargo, estamos hablando de dos especies consideradas invasoras en algunas regiones. ¿ Qué deberíamos, pues, hacer con estos árboles ? ¿ Dejarlos crecer ? ¿ Arrancarlos ?





El cambrón (Lycium barbarum) es otra especie leñosa asilvestrada en el descampado.



Todo depende, claro está, del riesgo de ver estas especies colonizar ecosistemas más valiosos y competir en ellos con las especies autóctonas. Asumiendo, claro está, que las especies autóctonas realmente sean las mejor adaptadas a unas condiciones que están sufriendo grandes cambios debido al calentamiento global. Como ejemplo de ello quisiera citar el caso de las acacias en Galicia, a las que se acusa de ser más resistentes al fuego que nuestros robles autóctonos. El éxito de las acacias en éste caso me parece el reflejo de un cambio en las condiciones ecológicas del lugar que tiene toda pinta de ser irreversible. La frecuencia de los incendios ha aumentando en Galicia estas últimas décadas no porque de repente los gallegos se han convertido en pirómanos, sino porque las condiciones ambientales están cambiando. Y, aparentemente, esto no es nada comparado con lo que nos espera. Las acacias son en este caso el síntoma de que algo está cambiando y no las culpables del cambio, como generalmente se suele pensar. Puede que esos robles que nos esforzamos en defender, en realidad estén ellos mismos condenados a desaparecer. ¿ Si eliminamos las especies que compiten con ellos, qué quedará al final ?





Inflorescencia compuesta de la acacia (Acacia dealbata). Especie pirófita, la acacia se ha beneficiado enormemente de la ola de incendios que han azotado Galicia estas últimas décadas.



Bueno, pues esta reflexión que inicio hoy lanzando al aire unas cuantas preguntas tontas (son las más difíciles de contestar) intentaré profundizarla más adelante. Por ahora me limitaré a decir que no hay nada más peligroso en Ciencias que las verdades absolutas y en un debate tan sensible como el de las invasiones biológicas, creo que es necesario ser bastante pragmáticos y no olvidarse que vivimos en un mundo cambiante. Muchas especies que hoy consideramos “autóctonas” puede que mañana dejen de serlo. Y claro, muchas especies “exóticas”, a la fuerza tendrán que convertirse en “autóctonas”. De lo contrario, me temo un poco que algunas regiones se convertirán en auténticos desiertos si no dejamos la puerta abierta a unos cambios que tienen toda pinta de ser imparables.