martes, 18 de septiembre de 2012

Xochicotzoquahuitl, el árbol del ámbar



Esta mañana, llevando mi hijo a casa de sus abuelos, de repente me di de bruces con el rojo esplendoroso de un árbol que se está plantando con cierta frecuencia en Madrid estos últimos años. La mayoría de ellos son, por ahora, arbolitos recién transplantados de sus viveros, que no llaman demasiado la atención. Llegado el otoño, sin embargo, sus hojas se tiñen de un rojo intenso (a veces muy oscuro, casi negro) que delata su presencia.

Examinando este árbol con más detenimiento, nos daremos cuenta que tiene hojas palmatilobadas, muy parecidas a las de los arces, con un borde más o menos regularmente aserrado. Las inflorescencias femeninas y las infrutescencias son también muy características, agrupándose las flores en cabezuelas esféricas que cuelgan de largos pedúnculos. Comparte esta característica y el hecho de tener inflorescencias separadas por sexos con otra especie muy común en nuestros parques y avenidas: el platano. Las similitudes, sin embargo, no van más lejos. Los frutos de ambas especies son muy diferentes. En el caso del liquidambar, la infrutescencia está constituida por cápsulas soldadas entre ellas que se abren liberando varias semillas aladas. La infrutescencia del platano, en cambio, se disgrega por completo liberando aquenios.



      
Inflorescencia femenina y semilla deLiquidambar styraciflua(Altingiaceae). Inflorescencia femenina y aquenios dePlatanus xhispanica(Platanaceae).



El liquidámbar (Liquidambar styraciflua) tiene otro interesante punto en común con el platano (Platanus x hispanica). Ambas especies, en efecto, pertenecen a familias muy antiguas constituidas por un único género y muy pocas especies. Se trata de géneros relictuales, auténticos fósiles vivientes. Tuvieron antiguamente un área de repartición mucho más extensa, habiéndose encontrado fósiles de ambos géneros en todo el Hemisferio Norte. Fueron, sin embargo, barridos del continente europeo por las glaciaciones cuaternarias. La mayoría de las especies vive actualmente en el SE de Asia y Norteamérica. Ambos géneros tan solo están representados en Europa por una única especie, respectivamente, que tan solo sobrevivieron en el extremo SE del continente (Platanus orientalis) y en Asia Menor y la isla de Rodas (Liquidambar orientalis) . Esa disyunción del área de repartición entre Norteamérica y Asia y la total ausencia (o casi total ausencia) del continente europeo se observa en muchísimas familias y géneros. Durante el Terciario, muchos géneros estuvieron presentes en todo el Hemisferio Norte pero desaparecieron por completo del continente europeo durante el Cuaternario. Muchas especies propias de las zonas templadas del Hemisferio Norte se cultivan con frecuencia en nuestros parques y jardines. Lo que generalmente ignoramos es que especies afines algún día formaron parte de la flora de nuestro continente. Darse un paseo por los parques de la capital resulta ser, en realidad, un viaje al pasado, a una era en la que la flora de nuestro continente era mucho más rica que la actual...



Mapa de distribución de la familia de lasAltingiaceae, a la que pertenece el árbol del ámbar. Está constituida por 13 especies, 1 en Norteamérica (L. styraciflua), 1 en América Central (L. macrocarpa, a veces incluida en la anterior), 1 en Asia Menor (L. orientalis) y todas las demás en el E y SE de Asia. Mapa: Angiosperm Phylogeny Group
Mapa de distribución de la familia de lasPlatanaceae, a la que pertenece el platano. Está constituida por unas 8-11 especies, 1 en el SE Asia (P. kerrii), 1 en el SE de Europa y Asia Menor (P. orientalis), y todas las demás en Norteamérica y América Central. El platano de sombra (P. x hispanica) es un híbrido muy próximo a P. orientalis. Mapa: Angiosperm Phylogeny Group




El nombre liquidámbar hace referencia a la resina o goma que exuda el árbol. Esa resina ha tenido y sigue teniendo muchos usos. Se ha utilizado como chicle, aromatizante del tabaco, perfume en distintos productos cosméticos, incienso y un largo etcétera de usos. El nombre náhuatl del árbol,Xochicotzoquahuitl, alude a esa misma carcterística (significa "árbol que produce trementina aromática"). Se trata de una especie con un área de repartición bastante extensa, estando presente en todas las zonas templadas del E de Norteamérica y en las zonas montañosas de México y de América Central (hasta Nicaragua). En la Península Ibérica, la especie se cultiva con cierta frecuencia y, que yo sepa, no se ha observado naturalizada en ningún lugar. Los requerimientos hídricos de esta especie, que crece en climas húmedos o subhúmedos, con precipitaciones por encima de los 1000 mm anuales, limitarían, en cualquier caso, esa posibilidad a la vertiente atlántica de la Península y a algunas sierras del interior.

Tras imaginar lo que pudo ser la vegetación de este continente en el pasado, acabaré este breve artículo soñando con lo que podría ser Madrid en el futuro. Estos arbolitos que el frío otoñal ruboriza pueden llegar a ser unos árboles imponentes si se les deja crecer. Cultivados, no suelen sobrepasar los 15 m, que ya es una altura muy respetable en una ciudad. El ejemplar más alto que se conoce, sin embargo, alcanza 41,4 m de altura y tiene un tronco con un diámetro de 2,25 m (Craven County, North Carolina). Imaginaos esos imponentes árboles inundando de color nuestras avenidas... Y sabiendo que en muchos lugares (como la calle Príncipe de Vergara), se han plantados ginkgos, el Madrid de mañana promete convertirse en un auténtico espectáculo. Claro que estos árboles crecen a un ritmo que descarta que yo pueda llegar un día a deleitarme de tal espectáculo. Sin contar que quienes los plantaron en las medianas de esas avenidas no parecen tener mucha idea de lo imponentes que pueden llegar a ser estos árboles. Puede, pues, que los corten mucho antes de alcanzar la edad adulta. Soñar, sin embargo, no cuesta nada. En estos tiempos de crisis, es lo menos que podemos hacer.

martes, 21 de agosto de 2012

Neobosques




Vivo en un barrio de Madrid –Moratalaz– en cuyo límite septentrional se extiende un descampado que, hasta hace muy pocos años, estaba totalmente dejado de la mano de Dios. Un lugar poblado por hierbas salvajes que la maleza iba poco a poco invadiendo. Un pedacito de naturaleza en el que me gustaba mucho pasear y dejarme sorprender por todo lo que veía. Desgraciadamente, el ayuntamiento decidió “adecentar” el lugar y transformarlo en parque, convirtiéndolo en un auténtico desierto. Los jardineros se pasan ahora toda la primavera cortando la hierba a ras del suelo con esas maquinitas infernales que te ponen de los nervios y el resultado es realmente desalentador. Los densos herbazales rebosantes de vida han desaparecido y el suelo arenoso del lugar ahora aflora por doquier, peligrosamente expuesto a la erosión. No sé quien decidió cargarse este pequeño paraíso. Le felicito desde aquí por su clarividencia...

Afortunadamente, aún quedan algunos tramos de este descampado en el que es posible observar la dinámica natural de la vegetación y lo que más llama la atención es la progresiva colonización del mismo por dos árboles muy frecuentes en la región madrileña: el ailanto (Ailanthus altissima) y el olmo de Siberia (Ulmus pumila). Progresivamente se está formando en este lugar un pequeño bosque que, evidentemente, nada tiene que ver con la vegetación “natural” del lugar (el ailanto y el olmo de Siberia son dos árboles exóticos, originarios de Asia). Tomo prestado de la siguiente página web el término “neobosque”, que me parece realmente muy bueno para describirlo, y os invito a visitarla para haceros una pequeña idea de las plantas que se pueden ver en ese descampado:

http://javiergrijalbo.blogspot.com.es/2012/05/descampado-cuna-de-odonnell-moratalaz.html

La presencia de estos árboles exóticos en los descampados de la capital (me supongo que en otras ciudades ocurrirá algo parecido) me incita a reflexionar sobre un tema bastante delicado, que quisiera tratar desde una perspectiva menos fixista de lo que se suele hacer habitualmente: el de las “invasiones” biológicas. El propio término refleja ya cual es la postura de una gran mayoría de los naturalistas al respecto. Se suelen ver esas especies como un peligro y en las descripciones de las plantas invasoras que se han publicado estos últimos años se insiste mucho en las características que pueden conferir a estas especies una ventaja competitiva sobre la flora autóctona. ¿ Explican por sí solas esas ventajas el éxito que conocen algunas de ellas ? Estoy convencido que no es siempre el caso y el ejemplo de estos “neobosques” de ailantos y de olmos me parece un buen punto de partida para iniciar una pequeña reflexión.



    
Inflorescencia masculina del ailanto (Ailanthus altissima), especie entomófila. Inflorescencia del olmo (Ulmus pumila), especie anemófila.



Muchos de los descampados que rodean la capital deben su condición al hecho de haber sido antiguamente vertederos en los que se arrojaron las ruinas de la guerra civil y los restos de los edificios demolidos durante la más reciente modernización de la ciudad. Terrenos yermos que han sido engullidos por el crecimiento desmesurado de la capital y que se han intentado aprovechar en algunos lugares transformándolos en parques. La posibilidad de ver alguna especie de árbol autóctona colonizar espontáneamente estos espacios parece más bien remota. El éxito de estas dos especies se debe tanto a su gran poder de diseminación (estamos hablando de dos especies que producen una cantidad impresionante de semillas) como a su poca exigencia, que les permite establecerse sobre este tipo de terrenos. Personalmente, ver árboles crecer donde antes no había absolutamente nada me alegra un montón. Sin embargo, estamos hablando de dos especies consideradas invasoras en algunas regiones. ¿ Qué deberíamos, pues, hacer con estos árboles ? ¿ Dejarlos crecer ? ¿ Arrancarlos ?





El cambrón (Lycium barbarum) es otra especie leñosa asilvestrada en el descampado.



Todo depende, claro está, del riesgo de ver estas especies colonizar ecosistemas más valiosos y competir en ellos con las especies autóctonas. Asumiendo, claro está, que las especies autóctonas realmente sean las mejor adaptadas a unas condiciones que están sufriendo grandes cambios debido al calentamiento global. Como ejemplo de ello quisiera citar el caso de las acacias en Galicia, a las que se acusa de ser más resistentes al fuego que nuestros robles autóctonos. El éxito de las acacias en éste caso me parece el reflejo de un cambio en las condiciones ecológicas del lugar que tiene toda pinta de ser irreversible. La frecuencia de los incendios ha aumentando en Galicia estas últimas décadas no porque de repente los gallegos se han convertido en pirómanos, sino porque las condiciones ambientales están cambiando. Y, aparentemente, esto no es nada comparado con lo que nos espera. Las acacias son en este caso el síntoma de que algo está cambiando y no las culpables del cambio, como generalmente se suele pensar. Puede que esos robles que nos esforzamos en defender, en realidad estén ellos mismos condenados a desaparecer. ¿ Si eliminamos las especies que compiten con ellos, qué quedará al final ?





Inflorescencia compuesta de la acacia (Acacia dealbata). Especie pirófita, la acacia se ha beneficiado enormemente de la ola de incendios que han azotado Galicia estas últimas décadas.



Bueno, pues esta reflexión que inicio hoy lanzando al aire unas cuantas preguntas tontas (son las más difíciles de contestar) intentaré profundizarla más adelante. Por ahora me limitaré a decir que no hay nada más peligroso en Ciencias que las verdades absolutas y en un debate tan sensible como el de las invasiones biológicas, creo que es necesario ser bastante pragmáticos y no olvidarse que vivimos en un mundo cambiante. Muchas especies que hoy consideramos “autóctonas” puede que mañana dejen de serlo. Y claro, muchas especies “exóticas”, a la fuerza tendrán que convertirse en “autóctonas”. De lo contrario, me temo un poco que algunas regiones se convertirán en auténticos desiertos si no dejamos la puerta abierta a unos cambios que tienen toda pinta de ser imparables.

martes, 1 de mayo de 2012

Vulcões no Brasil ?



De todos os fenômenos naturais, provavelmente sejam as erupções vulcânicas as que mais terror inspiram. O poder de destruição dos vulcões é realmente aterrador por mais que não aconteçam com muita freqüência. As erupções vulcânicas, porém, seguem um ritmo próprio, que se conta em milhares ou dezenas de milhares de anos. A memória dos homens geralmente não alcança para lembrar desses acontecimentos e, até que os arqueólogos descobriram as ruínas de Pompeia e de Akrotiri (na ilha de Santorini, no Mar Egeo), no século XIX, ninguém era consciente que as erupções vulcânicas podiam acabar com cidades e civilizações inteiras. Um risco totalmente ignorado pelos homens mas bem real. Um pais como a Indonésia provavelmente sumiria se acontecesse de novo uma super-erupção como a que há uns 70.000 anos (erupção do Lago Toba) sumiu o mundo inteiro num inverno que se prolongou por vários anos (acreditasse que pode ter provocado ou precipitado a ultima era do gelo) e cobriu a Índia inteira de uma camada de cinzas de entre 2 e 9 metros. Assustador, não é ? O pior de todo é que nenhum geólogo com um pouco de juízo pode afirmar que isso não vai acontecer de novo...





Fresco com golfinhos nas ruinas de Akrotiri, na ilha de Santorini (Grecia). A civilizaçao minoica, que dominava a Creta e todu o mar Egeo, sumiu totalmente apos a erupçao do vulcao da ilha de Thera (hoje Santorini). Acreditasse que essa catastrofe está na origem do mito da Atlántida. Fotografía: Armagnac-Commons. Licencia: GDFL



Falando nisso... será que tem vulcões no Brasil ? A resposta a essa pergunta depende do que consideramos um vulcão. Se estamos falando de vulcões ativos, então a resposta é não. Não tem vulcões ativos no Brasil. A emissão de lava e a formação de vulcões acontece principalmente em zonas tectónicamente ativas, já seja onde as placas litosféricas convergem e entram em colisão (como acontece na costa oeste do continente americano), ou onde se separam e se forma nova litosfera. Também podem se formar em pontos isolados da litosfera, em lugares situados acima de pontos quentes onde está concentrado o fluxo de matéria ascendente e de energia desde o manto terrestre. O Brasil esta hoje situado numa zona estável da litósfera, mas são muitos os indícios do que não sempre foi assim no passado, conservando-se em muitos lugares rochas vulcânicas que são as pacificas testemunhas de antigas e catastróficas erupções que ainda tem um impacto importante nas paisagens. Vejamos alguns exemplos viajando no tempo do presente para o passado mais afastado.





Um dos melhores lugares no Brasil para observar rochas vulcânicas é, sem lugar a dúvidas, o arquipélago de Fernando de Noronha. Situado no Océano Atlántico, a sua formação se deve a presença de um ponto quente embaixo da litosfera que também deu lugar ao nascimente de uma serie de vulcões no Rio Grande do Norte.



Cenozóico: o Nordeste quente

Os vulcões mais recentes se formaram no Brasil há uns 19 milhões de anos, no Nordeste. São a conseqüência de um episódio vulcânico relacionado com a presença de um ou varios pontos quentes nessa região. Alguns destes vulcões são bem conhecidos, sendo um deles (a ilha de Fernando de Noronha) um destino turístico muito popular. Ainda assim, os turistas que passam as ferias nessa ilha não necessariamente são conscientes do que estão desfrutando do sol no coração de um antigo vulcão (extinto). Outro vulcão daquela época, também muito conhecido, é o Pico do Cabugi, um dos picos mais altos do estado do Rio Grande do Norte. Trata-se na realidade da garganta do vulcão, a parte central (conduto) solidificada, formada por rochas muito mais resistentes que o resto do edifício vulcânico, que a erosão eliminou totalmente. Esse vulcão é o mais conhecido de toda uma serie de corpos vulcânicos nesse estado que tem a mesma origem.





Pico do Cabugi (Angicos, Rio Grande do Norte). O perfil piramidal desse pico é enganoso. Do vulcão original só fica o conduto central solidificado. O tálus está formado por blocos resultantes do colapso das rochas do conduto (também se usa a palavra inglesa neck para descrever essa parte central solidificada do volcão). Fotografía: Patrick. Licencia: GDFL



Mesozoico: o divorcio da Africa

O evento mais relevante da historia geológica durante o Mesozóico foi, sem lugar a duvidas, a deslocação do super-continente chamado pelos científicos de Pangea. Esa massa continental que agrupava todos os continentes do Paleozóico rapidamente começou a se deslocar, sob o efeito dos movimentos de convecção no manto terrestre. Há uns 135 milhões de anos, abriu-se no sul do super-continente uma enorme fratura que seria o prelúdio da abertura do Atlântico. Fraturas como essa também existem hoje em dia, sendo o melhor exemplo o grande vale do Rift, que divide toda África desde Síria até o Mozambique, como conseqüência da separação das placas africana e arabiga. Estas fraturas são lugares onde a litosfera se estende, se quebra e fica mais fina, provocando a subida das rochas do manto. Essas rochas, que normalmente sofrem enormes pressões, passam então por um processo de fusão parcial que produz uma quantidade muito importante de magma basáltico. O magma assim produzido é o constituinte essencial da crusta oceânica formada nas dorsales oceânicas. Nos estádios iniciais da formação de um oceano, essas lavas podem se espalhar sobre a superfície continental que está se fraturando.



Diagrama animado mostrando a abertura do Atlantico. As rochas vulcânicas derramadas a consequencia dessa abertura aparecem em vermelho.



Tal fenômeno aconteceu no sul do super-continente do Gondwana no começo do Cretáceo, onde enormes quantidades de lava cobriram os relevos existentes. Trata-se de lavas muito fluidas e essas erupções não tiveram um caracter explosivo. O exemplo mais próximo são as erupções observadas em vulcões como o Kilauea, nas ilhas Hawai. A diferença, porém, está no volume de lava emitido. Essas erupções liberaram quantidades inacreditáveis de lava e cobriram no sul do Brasil e nos países vizinhos uma superfície de mais de 1 milhão de kilómetros quadrados. Um autêntico mar de lava que cobrira repetidamente a bacia do Paraná ! Esse caracter fluido da lava é a explicação do caracter absolutamente plano que apresentam os planaltos do sul do Brasil, onde os principais acidentes do relevo correspondem aos escarpamentos que  separam um planalto do outro. Essas erupções aconteceram nesta região durante varios milhões de anos e se acumularam em alguns lugares até 2000 m de basaltos.





Vista aérea das cataratas de Iguaçu. Nesta fotografia da para ver perfeitamente as escadas que formam as sucesivas camadas horizontais de basalto. Fotografía: Leonard G. Licencia: Dominio Público



Paleozoico e Proterozoico: océanos e continentes perdidos

Ainda que sejam as ocorrências mais evidentes e mais recentes de rochas vulcânicas, as anteriormente descritas não são as únicas existentes no Brasil. Aberturas de oceanos como a que provocou os derrames de lava na bacia do Paraná já aconteceram muito antes. O continente sudamericano na verdade é um complexo "collage" de continentes muito más velhos e mais pequenos que as forças tectônicas separam e juntaram varias vezes numa historia de centos de milhões de anos durante os que o vulcanismo sempre teve um papel muito importante nas margens ativas desses continentes. A maioria dessas rochas antigas foram deformadas e transformadas em rochas metamórficas, sendo excepcional a conservação dos caracteres originais dessas rochas vulcânicas.

jueves, 1 de marzo de 2012

Araucária, sobrevivente do tempo dos dinossauros

A primeira imagem que vem na mente de qualquer pessoa quando se fala da natureza do Brasil é a floresta amazônica. Essa imensidão de árvores percorrida por inúmeros rios de dimensões grandiosas que excitou a imaginação de muitos exploradores, que acreditavam que iam encontrar neste lugar misterioso o mítico Eldorado. As dimensões quase continentais da Amazônia fazem esquecer que o Brasil, não é só esse pais tropical que Jorge Bem cantava. A diversidade das paisagens, da flora e da fauna é, porém, bem maior do que se pode imaginar num país tão grande e muitos estrangeiros ficariam provavelmente surpreendidos de saber que até é possível ver neve quando o inverno austral atinge os estados do sul. Neste primeiro artigo dedicado às Ciências Naturais vamos falar de uma árvore bem conhecida no sul do país, que virou um autêntico símbolo a pesar de ter sido explorada sem piedade durante todo o século XX. O pinheiro-do-Paraná (Araucaria angustifolia) é uma das plantas mais surpreendentes da nossa flora, um autentico fóssil vivo cuja existência está sendo gravemente ameaçada pela cobiça dos homens...





Tronco de um pinheiro-do-Paraná em Itaiópolis (Santa catarina), na Reserva Particular do Partrimônio Natural das Araucárias Gigantes, criada pelo Instituto Rã-bugio para Conservação da Biodiversidade, ONG ambientalista fundada por Elsa Nishimura Woehl e Germano Woehl Jr. O tronco deste pinheiro tem uma circunferência na base de 4,10 m. Fotografía: Instituto Rã-bugio para Conservação da Biodiversidade.



A árvore foi chamada de pinheiro pelos europeus porque lembrava a eles os autênticos pinheiros, que pertencem a um gênero (Pinus) e uma família (Pinaceae) diferentes e são originários do hemisfério norte. Também se usa muitas vezes o nome de araucária, que é o nome científico do gênero ao que pertence esta espécie e que os cientístas criaram adotando o nome dado pelos índios araucanos a espécie irmã (Araucaria araucana) que cresce nos Andes da Argentina e do Chile. No idioma tupi-guarani, a árvore recebe o nome de curi, palavra que está na origem do nome da cidade de Curitiba, topônimo que quer dizer “lugar com muitos pinheiros”. As araucárias são umas das árvores próprias do Hemisfério Sul que hoje só crescem no sul do continente americano e na Oceania (Austrália e Nova Caledônia). Eram, há milhões de anos, um elemento destacado da flora da Antártica, antes da vegetação desse continente ser totalmente eliminada pelo gelo. Foram, junto com outras espécies de coníferas, elementos dominantes da flora terrestre durante os tempos triássicos e jurássicos. Só por isso, deveria o homem, recém chegado nesta terra, sentir um profundo respeito por essas árvores que já erguiam o característico perfil delas no tempo dos dinossauros.




Mata de araucárias no planalto do Paraná fotografada em 1884 pelo fotógrafo Marc Ferrez. Hoje em dia os pinheiros só sobrevivem em lugares que não puderam ser explorados nem cultivados.



De todas as árvores existentes no Brasil, o pinheiro-do-Paraná é provavelmente a mais fácil de reconhecer. Tem um perfil característico, com um tronco colunar do qual saem galhos perpendiculares que vão crescendo e se erguendo progressivamente, dando a árvore um típico aspecto de candelabro. Quando as condições são favoráveis, sobre solos ricos e profundos, pode atingir até 50 m de altura e seu tronco ter até 2,5 m de diâmetro. Os galhos mais velhos pouco a pouco vão cedendo sob o efeito do peso e, finalmente, desaparecem, ficando na árvore só os galhos mais altos. As folhas, persistentes e rígidas, são relativamente pequenas (não ultrapassam os 6 cm) e tem uma forma linear ou lanceolada bem diferente da forma que podem ter as folhas de outras árvores tropicais, geralmente muito maiores. Vendo a forma da árvore e das suas folhas, fica claro,que estamos em presença de uma árvore totalmente diferente das outras. Vendo as inflorescências e os frutos, aparece claramente que essa árvore é uma conífera, ou seja, uma planta cujas estruturas reproductivas estão formadas por escamas geralmente agrupadas em cones (pinhas). Trata-se de um grupo de plantas muito antigo que dominou a flora da terra na era Mesozoica. Hoje, são um grupo relictual com poucas espécies em comparação com as plantas com flores (ou Angiospermas), aparecidas no fim da era jurássica. No Brasil, por exemplo, de 56.000 espécies de plantas conhecidas só 16 espécies são coníferas. A araucária é a única espécie desse gênero presente.



Distribuição atual da familia dasAraucariaceae. No sul da América vivem duas espécies: Araucaria araucana no Chili e na Argentina e Araucaria angustifolia (pinheiro-de-Paraná) no sul do Brasil e N da Argentina (provincia de Misiones).




Espécie típica do sul do Brasil, o pinheiro-do-Paraná cresce nas partes mais altas dos estados do Rio Grande do Sul, de Santa Catarina e do Paraná, numa altitude acima de 500 m, onde a espécie foi relativamente frequente num passado não tão distante. Também está presente em outros lugares, como nos Estados de São Paulo e de Minas Gerais, sempre numa altitude acima dos 800 m. Foi nos planaltos paranaenses que ocupou a maior superfície, sendo uma espécie particularmente bem adaptada ao clima tão variável dessa região, onde os verãos são quentes e os invernos são realmente frios, podendo a temperatura descer abaixo de zero. Nessas matas de altitude, o pinheiro convive com muitas outras espécies próprias da mata atlântica, sendo ela a que ocupa o ponto mais alto da floresta, destacando o seu característico perfil acima das outras árvores. Essa imagem pode deixar pensar que o pinheiro é a espécie dominante dessas florestas, mas a verdade é que precisa de luz para crescer e as pequenas araucárias só conseguem se desenvolver quando a floresta é vítima de algum tipo de perturbação que consegue abrir espaços na escura massa de árvores. A principal delas é o fogo, que os pinheiros são capazes de resistir devido possuírem um tronco com uma casca de até 15 cm de espessura que protege o interior do tronco e por ter as partes vitais da árvore bem longe do chão. Trata-se portanto, de uma espécie pioneira que mais tarde convive com as outras espécies que crescem ao redor dela e que vão pouco a pouco "fechando" a floresta, condenando os jovens pinheiros a uma escuridão fatal para eles.







Sua importância, durante todo o século XX, acontece pela utilização da madeira do pinheiro, utilização mais importante desta espécie. A madeira do pinheiro-do-Paraná é de boa qualidade, muito usada para fabricar móveis, construir casas, etc. Com a mecanização da exploração ao final do século XIX e a chegada maciça de imigrantes europeus, se desenvolveu muito a arquitetura em madeira nos estados do sul, favorecida pelo baixo custo de construção. Virou uma verdadeira tradição num estado como o Paraná e muitas dessas casas de madeira são hoje consideradas patrimônio nacional. A mata de Araucárias foi intensamente explorada durante o século XX, sendo então essa atividade um dos motivos essenciais do desenvolvimento econômico dos estados do Sul. Línhas ferroviárias e vias de comunicação foram construídas, nessa época para poder comercializar a madeira dos pinheiros. O resultado dessa exploração industrial, causou o quase desaparecimento da mata de pinheiros. Calcula-se, que a área de mata de pinheiros cobria originalmente uns 200.000 km2, representando 40% da superfície do estado do Paraná, 30% de Santa Catarina e 25% do Rio Grande do Sul. Hoje em dia não existe quase nada dessas florestas, apenas 1 ou 2 % da cobertura original da floresta com Araucária. A espécie, considerada em perigo crítico de extinção pela União Internacional para a Conservação da Natureza e dos Recursos Naturais (IUCN), está hoje teoricamente, estritamente protegida, mas, ainda assim, as araucárias seguem sendo derrubadas ilegalmente pelos madeireiros. Será realmente uma pena que o homem consiga em pouco mais de um século levar a extinção uma espécie presente há já milhões de anos... A madeira do pinheiro chegou a representar até o 93% do total das exportações brasileiras de madeira. Uma quantidade enorme que explica a devastação que sofreram as florestas dos estados do sul e do Paraná, em particular, onde foram exploradas sem que ninguém se preocupasse pela regeneração dessas florestas. Hoje, a maior parte da superfície está ocupada por terrenos agrícolas. Os desastres ambientais causados pelas chuvas desde há mais de 5 décadas demostram que o perigo de ver essas terras sofrer os efeitos da erosão é bem real mas, a pesar de existir muitos projetos para reverter a situação, ninguém sabe ainda se finalmente conseguiremos salvar essas florestas.





Pinha aberta da Araucaria angustifolia mostrando as escamas que forman o cone (ou pinha) e as sementes. Fotografía: Deyvid Setti e Eloy Olindo Setti



Além de ser uma espécie que produz uma excelente madeira, o pinheiro-do-Paraná também apresenta um interesse culinário. As sementes (pinhão) são comestíveis é constituíam um elemento fundamental da dieta dos índios que viviam no sul do Brasil. Um interesse compartilhado por muitas espécies de animais, que ajudam assim a dispersão das sementes, que alguns pássaros, como as gralhas, enterram no chão constituindo reservas para o inverno. Muitas dessas sementes ficam esquecidas e finalmente germinam conquistando novos espaços. O pinhão é, freqüentemente, utilizado no sul, onde é usado em saladas, tortas e bolos ou simplesmente assado na fogueira. Em muitas cidades celebra-se, cada ano uma festa do pinhão, que marca o final do outono austral e coincide com as festas juninas. A colheita começa geralmente o dia 15 de abril e segue até o mês de julho. A atividade está hoje severamente controlada, já que as colheitas ilegais agravam o problema para a recuperação da espécie.





Pinhoes servidos como aperitivo. Fotografia: Adrian Michael. Licencia: GNU Free Documentation License.



A pesar da triste situação atual das matas de araucárias, o futuro talvez não seja tão escuro. Dependerá muito da vontade política, para que essa espécie volte a ter a importância que teve. Trata-se de um esforço a longo prazo, já que o pinheiro não cresce tão rápido como outras espécies exóticas, que tem sido plantadas em seu lugar (eucaliptos, pinheiros “autênticos”). Favorecer o pinheiro é verdadeiramente um ato de fé, o melhor legado que podemos deixar para o nossos filhos e netos, que talvez terão a sorte de contemplar a paisagem como era antes. Se é que o aqueçimento global do planeta permite que isso aconteça. Mas disso falaremos em um próximo artigo…